Sol (cielo) azul
Un escrito, un desorden concatenado que intenta tocar la vida. Ser lo que no comprendo, un intento de existir.
Me faltan pocos capítulos para – por fin – terminar un curso de escritura creativa que llevo extendiendo por 3 años o un poco más. Cada vez que miro el libro, me recuerdo. Me recuerdo como escritora, recuerdo mi anhelo de escribir, un anhelo que, a veces, se siente como sed, ganas, incluso, desesperación. Una desesperación desesperada por terminar el libro, como si al terminarlo, pudiese lograr cincelar la última parte de mí, esa que estoy aplazando, la que llevo tiempos aplazando. Esa parte en la que recojo los últimos pedazos tirados y los pongo en su lugar, me pongo en mi lugar. Esas ganas de estar donde quisiera estar, y es que ni siquiera sé con exactitud dónde es ese donde, solo lo siento, solo vibra dentro de mí como una parte que le hace falta a mi cerebro, a mi estómago, a mis dedos que intentan extenderse entre las letras, a mi impulso.
Intento agarrar esa parte que siento que me falta. La busco en las conversaciones (la busco en tus ojos), la busco en los besos, la busco en el sexo, la diviso, pero la pierdo, no la agarro, no es sólida, es aire que se me escapa. Y es que no está en los demás, no está afuera, está aquí, en este compromiso conmigo que aplazo una y otra vez. El compromiso del cual me distraigo, el que busco y encuentro al tiempo. En el que me encuentro.
En el que me encuentro cuando, sola, en un café, simplemente me pongo a escribir y dejo que fluyan las ideas. Así es como han nacido, a veces, proyectos concretos, otras, simplemente ha servido para despejar el camino.
En el que me encuentro cuando, sola, me animo a caminar por las calles sin rumbo, entonces el viento llega como inspiración, como completitud, como descanso, como alas.
En el que me encuentro cuando me escucho, adentro y profundo y, comprendo, que no depende de algo o de alguien, solo depende de mí. Seguir, siempre seguir.
En las páginas que nunca se van a terminar de escribir, excepto cuando yo muera.
En las páginas que desesperadamente escribo cada día. Abro el computador y le cuento mis angustias, como si el Word pudiera solucionarlas.
En las ganas que me habitan y me impulsan, pero no sé hacia dónde.
Entonces corro hacia ti y es peor. Entonces corro a la cocina y es peor.
Miro el teléfono, una y otra vez.
Espero un mensaje, una señal, una pista.
No la hay.
Debo calmarme me digo a mí misma. Pero no puedes calmar las ganas de correr, las ganas de que el corazón vuelva a latir, las ganas de encontrar, las ganas…
Las ganas de volar, lejos, alto.
Necesito ese descanso que llega con ganas. Necesito ese alivio después del suspiro. Necesito esa palabra que expresa lo que tanto cuesta. Necesito ese escrito que cuente entre líneas lo que se me atora en la garganta, porque decirlo explícitamente no tendría ningún sentido. Dejaría de ser romántico, poético, dejaría a un lado los pétalos de colores y la belleza de las flores que resguardan la semillas de las cuales brota la nueva vida. Si la vida solo fuera decir, hacer y reproducir, entonces solo serían esporas cumpliendo una y otra vez su función de reproducir más esporas. No habría formas ni colores, ni sabores, ni olores, ni sensaciones tan intensas que alteran todos los sentidos y nos llevan a explorar aquello que, sabemos intentamos encontrar. Entonces no haríamos el amor y los besos pasarían a ser innecesarios y el clítoris un pensamiento nunca materializado.
Entonces la palabra placer no existiría, porque tampoco existiría ninguna otra palabra, la comunicación sería una obviedad innecesaria y solo coincidiríamos en que la muerte es el único destino.
El sinsentido es que, entre la existencia y la muerte, hay algo que se llama vida, y que hay palabras como: intensidad, placer, ganas, deseo, eudaimonia, ataraxia, velocidad, bruma, salivar, garganta, entreabierto, pulso, pulsión, pulsátil, belleza, lágrimas, dolor, vacío, angustia, respiro…
Vuelvo a mirar el libro, voy perdiendo la prisa, va desapareciendo la angustia.
Sigue ocurriendo la vida, he bajado el ritmo.
Sigo queriendo encontrarte, sigo necesitando amarte, sigo soñando, escribiendo; sigo imaginado todo lo que podría ser, sigo haciendo luto a lo que no fue, a lo que ya nunca será, pero sé que, mientras siga viva, siempre habrá más. Porque las palabras que nacieron de la necesidad de nombrar, siguen apareciendo, se siguen transformando, tal como lo estoy haciendo yo. Con ritmo, con constancia y, por qué no, con necesidad también.
Cuando me vuelva a leer, leeré a otra, veré a otra, me sabré eterna.
Leeré mi pasado, el que ya no existe, pero que es parte de lo que ahora soy.
Me guardaré en cada punto de mis células, me convertiré en la membrana permeable e inteligente, seré sangre que fluye llena de vida como un atleta persiguiendo su meta, seré agua de lluvia que cae sin miedo porque, en realidad, ni siquiera es agua, es vapor, ilusión, moléculas o, tal vez, sea solo imaginación.
Me guardaré en cada palabra, me convertiré en el sabor de cada letra, seré la idea que pulsa en la mente de alguien más, insistente para ser expresada, presionando para existir: déjame existir, déjame existir le diré una y otra vez. Seré de esas ideas que no se callan, esas que aparecen en sueños, así, intensas, llenas de ganas. Y luego, seré la idea expresada, tomaré forma y, me aburriré, como lo hacen todas, y diré: ya me voy y, me preguntarán por qué si tanto insistí, y yo diré que esa es la vida, que siempre hay que hacer espacio para que llegue todo lo demás.
Y yo hago espacio.
Me voy, me retiro, jamás me hago a un lado, solo me transformo en algo más, sigo mi camino, sigo mi posible destino, ese que imagino, ese que paladeo, ese que presiento, ese que intuyo, ese que soy.
Respiro y suspiro.
Sol (cielo) azul.


